Cuarenta años después, artículo de opinión de José Miguel Celma

El día a día rutinario de un chaval de quinto curso de la Educación General Básica nada hacía presagiar lo que iba a acontecer ese 23 de febrero de 1981. Ni siquiera su mirada, tan atónica a veces e imaginativa en otras, podía llegar a contempla raquellas vivencias que iban a paralizar todo un país. Había confusión y se acercaba la sombra del pasado a nuestra joven democracia.

Las escenas en blanco y negro en la mayoría de las ocasiones, dentro de la paupérrima oferta televisiva que tenía nuestro país, no escondían la gravedad del momento. La atención de los espectadores crecía con el paso de los minutos en todos los hogares, justo después de que los guardia civiles se adentraran en el Congreso de los Diputados mientras se celebraba la sesión de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo como presidente del Gobierno, tras la dimisión de Adolfo Suárez, que siempre estará en nuestro recuerdo.

Allí, donde la palabra y la disparidad de opiniones se había convertido en la nota predominante, siempre con el anhelo de alcanzar acuerdos en beneficio del país, el grito de “todo el mundo al suelo” puso en serio peligro los cimientos de nuestro joven sistema democrático. Recuerdos imborrables que permanecen también en lamente de aquel chaval de quinto curso, hoy padre de familia y firme convencido de que con la palabra y el debate se llega mucho más lejos que con el extremismo y la imposición.

La renombrada noche de los transistores, gracias a la importancia que tuvo la radio para conocer minuto a minuto lo que acontecía en voz de unos profesionales que se jugaron mucho más que el tipo, no se olvida. Entre ellos, las narraciones de la bajoaragonesa Pilar Narvión, que nos trasladó a todos a ese hemiciclo. A esas butacas. A ese ambiente cargado de tensión y de trascendencia.

Pasó la noche y el recuerdo más fresco de ese joven, no por las horas en las que pudo conciliar el sueño, fue la llegada al colegio. Las expresiones de los maestros, únicos y primeros adultos que tenían fuera del ámbito familiar, con semblante serio y rostros alicaídos, evidenciaban el temor a volver a tiempos pretéritos. Los tanques en Valencia no presagiaban nada bueno y ellos lo sabían.

Esos niños seguían jugando como si nada, pero no era igual a otro día. No tuvieron conocimiento del detalle de los acontecimientos, pero sí que lo que para muchos fue una pesadilla, apenas duró 24 horas. El esfuerzo de todos hizo posible que se mantuvieran las libertades de todos los españoles hasta los límites que hoy gozamos. Las de una democracia de pleno derecho y del siglo XXI.

Articulo de opinión de José Miguel Celma, Partido Popular de Teruel.

Deja un comentario