No, el supuesto tratado de libre comercio entre el Reino Unido y la UE tampoco evitará el impacto del Brexit

Chismorrea con tus amigos

La breve historia del Brexit es una historieta (más que una historia seria) plagada de auténticas mentiras, injerencias externas, y las más cruda propaganda desde los mismos inicios del asunto, con la campaña de aquel fatídico referéndum en el que se decidió el suicidio económico. Pero «popularmente» decidido (o más bien equivocado), eso sí.

Pero una de las tretas clásicas de la propaganda es alentar siempre la esperanza hasta el último ultimísimo momento, vendiendo que la solución «mágica» está por fin a la vuelta de la esquina, con el verdadero fin de que el pueblo camine mansamente hasta el borde mismo del precipicio. Ahora resulta que el «bálsamo del tigre» milagroso es un tratado de libre comercio con la UE. Y no, ni es una solución que vaya a solucionar de un plumazo este rompecabezas imposible, y puede que ni llegue a ser tan siquiera ni conato de solución más allá de las intempestivas declaraciones del controvertido Boris Johnson.

Brexit: una historia construida mentira sobre mentira, y con requete-mentiras sobre la ya mentira
Ahora Les Venden Que La Salida Al Brexit Para Uk Seria Un Tratado De Libre Comercio Con La Ue Pero No Lo Es Ni De Lejos 2

Los políticos de la que era una de las democracias más avanzadas del mundo, hasta que el país se ha visto inmerso en una pseudo-parálisis política en la que «EL» tema hace que se deje de lado casi todo lo demás, se ven en una contínua encrucijada que les hace muchas veces optar por mentir como única salida, en lo que constituye una peligrosa huída hacia adelante de consecuencias impredecibles. Pero las mentiras y el Brexit no son en absoluto nuevos compañeros de viaje. Todo lo contrario. El Brexit es un producto de una auténtica sarta de mentiras desde sus mismos inicios.

El escándalo comenzó (y les recomiendo muy encarecidamente el siguiente enlace) con una de las primeras campañas de la actual guerra ciber-social, una guerra global con injerencias democráticas masivas a nivel mundial, y que cuyo brazo articulado para el Brexit fue la tan funesta de Cambridge Analytica (un extremo reconocido incluso por sus propios empleados). Entonces se utilizó Facebook para segmentar ciudadanos, focalizar propaganda, y finalmente diseminar mentiras certeramente dirigidas al corazón menos racional de cada segmento de votante, hasta conseguir que el pueblo optase por lo que desde «otro» lado se le dictaba a golpe de mentiras llenas de visceralidad. Esto no es una opinión, por mucho que los sectores más eurófobos se empeñen en defender la legitimidad de engañar masivamente al pueblo para conseguir un vuelco electoral a su favor y así dinamitar Europa. Todo esto son hechos probados (y muchos también incluso judicializados), lo que pasa es que para ciertos sectores el fin siempre justifica los medios, y la mentira tan sólo es una herramienta más que no dudan en utilizar para instrumentalizar cuantas votaciones estén a su alcance. Propaganda clásica, vaya: nada nuevo en este horizonte de ocaso.

Tras aquel escándalo de Cambridge Analytica, afloró otro escándalo (las islas británicas no empezaban a ganar para convulsas sorpresas), y es que poco a poco fueron demostrándose todas las mentiras con las que los Brexiteers de primer nivel metastatizaron el mal desde la misma campaña del referéndum, y desde entonces ya no han parado de mentir una y otra vez. El verdadero objetivo de tanta mentira propagandística siempre fue destruir la UE, y así se fue indagando y se descubrió cómo los multimillonarios fondos invertidos por estos Brexiteers en la campaña del «Leave» eran mayormente de procedencia totalmente desconocida, y además estos Brexiteers mantienen estrechos vínculos con ciudadanos que comparten origen con la propaganda internacional, que casualmente fueron especialmente intensos en los días previos al referéndum. Y esto cuando no tenían intereses económicos creados que les enriquecerían de consumarse el divorcio con Europa, incluso con bochornosos escándalos financieros de por medio. Y poco a poco, tras la fechoría, fueron desapareciendo de escena oportunamente y sin despeinarse una vez que estaba conseguido el objetivo, cuando el mal estaba ya hecho, y en el momento en que se evidenció que no decían una sola frase sin una mentira. De nuevo, para mayor escarnio de la propaganda, todo esto son hechos probados.

Entonces el «problemón» se quedó para los encargados de ejecutar la sentencia. Han sido unos cuántos los políticos que han perecido institucionalmente en el camino hacia el Brexit, entre ellos el propio Cameron cuya decisión de convocar el referéndum para reforzarse políticamente fue el origen de todo. Posteriormente cayó la malograda Theresa May, u otros tantos que, tal vez no hayan sido premieres británicos, pero a los que se ha acabado llevando con los pies por delante el desastre nacional histórico, y en una escena política en la cuál era muy difícil escaparse de la vorágine. Pero, para variar, las mentiras siguieron: una tras otra. Algunas llegaron a ser auténticamente rocambolescas, como por ejemplo la de que el gobierno de Reino Unido había encontrado en la robotización masiva de la economía la salida ideal para la encrucijada del Brexit: como si eso se pudiese hacer en poco más de un año, y como si eso fuese una solución con plenas garantías. Este tipo de bandazos y ocurrrencias sin el más mínimo sentido no demuestran sino la enorme desesperación de una patata caliente que quema y que nadie sabe cómo pelar.

Pero mentir es una peligrosa afición, en la cual los practicantes pocas veces son capaces de dejar de practicar tan lesiva costumbre. Así que suma y sigue. Sin ir más lejos, y como añadido a su larga trayectoria personal en este sentido, hace tan sólo unos días, fue el propio Boris Johnson el que faltó flagrantemente a la verdad… Bueno no, volvió a faltar a la verdad a la que ya había faltado en la reciente campaña electoral previa a las últimas elecciones en Reino Unido. Johnson dijo (y sigue diciendo) sin inmutarse y por activa y pasiva que no iba a haber controles fronterizos internos en Reino Unido… Una falsedad inmisericorde. El tema no es baladí, puesto que de ello depende en buena parte que no vuelva a haber una frontera física entre Irlanda del Norte y la República de Irlanda, lo que devolvería a las islas a los oscuros tiempos de la violencia terrorista extrema y la profunda fractura social.

Pero claro, si eso es un objetivo incuestionable, pero a la vez al salirse del mercado único europeo debe de haber de alguna manera una frontera física entre Reino Unido y el resto de Europa… ¿Dónde está el truco, digo frontera? Pues ése es el tema, la frontera se desplaza desastrosamente para la economía norirlandesa desde su límite con la República de Irlanda al segmento marítimo con el resto de Reino Unido. Algo intolerable para los unionistas norirlandeses, que se verían inevitablemente (y letalmente) alejados del resto del país, además de insoportable para la todavía alta autosuficiencia nacional británica y su otrora pujante Imperio Británico, tras cuyos últimos estertores pueden estar alumbrando a su propia generación del 98. De ahí que Johnson optase por afirmar esta nueva falsedad en campaña y después de ella. Y las autoridades europeas antes de las elecciones hicieron todo un alarde de responsabilidad política y altura de miras (la que no tiene nunca la propaganda por su propia naturaleza), y optaron por callarse ante la obvia falsedad para no interferir en el proceso electoral en curso. Todavía quedan políticos de verdad (y con clase).

Y ahora llega el nuevo canto de sirenas para navegantes irresponsablemente incautos… un tratado de libre comercio con la UE

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Pues sí, cuando en el discurso del Brexit no cabe ni una mentira más, alguien siempre acaba encontrando un oportunista hueco para deslizar una más. En este caso la falsedad ha sido cómo los sectores Brexiteers (incluyendo al gobierno) venden un supuesto tratado de libre comercio con la UE como el «crecepelo milagroso», con el que el calvo tan reluciente del Brexit va de nuevo a lucir una poblada melena al viento. Como les decía: los hay irresponsablemente incautos que, una vez que han sido engañados por la propaganda más cruda, abrazan cualquier artilugio mental con tal de no tener que admitir que les engañaron tan fácilonamente, y además poder seguir reafirmándose con vacua hiperseguridad con aquello tan pueril del «yo llevaba razón».

La nueva mentira, como todas las de la propaganda, queda fácilmente expuesta con ese tipo de datos que los propagandistas obvian creyéndose muy hábiles, pero tan sólo demostrando sus intereses reales y la incoherencia de su caduco discurso. Así que vayamos con los datos, por muy mal que les vengan a esos que divulgan propaganda pro-Brexit, y que el día de mañana serán co-responsables de las calamidades socioeconómicas que sufrirá el pueblo británico. El dato es incontestable, y es que otros países con acuerdos de libre comercio firmados con la UE, como por ejemplo Canadá o Suiza, apenas los acaban usando en la práctica por la pesada carga burocrática y los costes finales que suponen para las empresas, especialmente para las pequeñas y medianas. Desde numerosos y reputados think-tanks se ha llegado a equiparar el impacto de que UK pase a canalizar todo su comercio con la UE a través de un nuevo tratado de libre comercio incluso con el alto impacto que tendría un Brexit sin acuerdo.

Porque no se crean que un tratado de libre comercio es la panacea, y todo un ideal de mercancias circulando libremente entre dos países o áreas económicas. Un tratado de libre comercio conlleva una pesada losa de papeleo, de justificar qué tipo de mercancía se está exportando para saber qué catalogación y qué parte del tratado le aplica, papeleo de aduanas, etc. etc. etc. Así que, en Canadá, uno de los ejemplos por antonomasia expuestos por los Brexiteers como un ideal de comercio con la UE a conseguir, y con uno de esos aireados tratados de libre comercio vigente con Europa, la realidad es que un contundente 60% de las exportaciones europeas al país norteamericano optan por no recurrir al tratado de libre comercio, y pagar los aranceles aplicables al margen de él (son datos de exportaciones europeas a Canadá y no al revés, pero son los que hay disponibles por ahora, y resultan igualmente demostrativos). Es más que de esperar que ocurra algo similar en el caso británico, y por lo tanto los supuestos beneficios de un requete-vendido tratado de libre comercio con la UE quedarían mayormente anulados por sí solos, devolviendo a las islas británicas a la realidad del infierno exportador de verse separados de su principal cliente, del que dependen vitalmente, y separados por una limitante frontera arancelaria y económica.

Y eso contando con que Europa admitiese el improbable extremo de querer firmar un tratado de libre comercio con Reino Unido, siendo ya de por sí mucho suponer (por no decir que es otro canto de sirenas más) que los británicos puedan llegar a arrancar a la UE el dichoso tratado: tal vez ni se firme como represalia. Eso por no hablar de la fantasía que supone asumir que es viable alcanzar un acuerdo así de complejo, que requiere siempre de arduas y negociaciones plurianuales, pero para el cual se cuenta tan sólo con el plazo de un exiguo año. Y la represalia que les decía puede ser incluso probable, porque la UE tiene muy en mente aquella épica frase de Merkel que, hablando del Brexit, parece que llegó a afirmar entre bastidores: «hay que asegurarse que ningún otro país quiera esto». La UE sabe que la guerra del Brexit es una guerra en la que lucha por su propia supervivencia, y en la que cualquier concesión demasiado generosa puede volverse letalmente contra ella misma, y puede acabar suponiendo su sentencia de muerte, además de la vuelta a los fatídicos tiempos en los que durante tantos siglos los europeos estuvimos matándonos unos a otros a millones. La propaganda también lo sabe, y por eso hinca el diente una y otra vez en el asunto del Brexit, incluso una vez que ha conseguido doblegar sin vuelta atrás al país británico: aunque su sentencia ya esté echada, la presión sigue en otros frentes, y los submarinos de potencias hostiles están ya día sí y día también invadiendo sus aguas territoriales y asomando amenazadoramente las torretas en sus playas.

El hecho además es que la UE, para la que UK es un socio comercial importante pero menor en el conjunto de la Unión, puede permitirse perfectamente prescindir de este tratado de libre comercio y vengarse del Brexit, mientras que para UK, aún en el supuesto (que ya es mucho supuesto) de que fuese una solución real, sería totalmente vital para el futuro socioeconómico de las islas británicas. Desde hace años que les venimos diciendo que este asunto del Brexit era una batalla escandalosamente perdida para el Reino Unido desde el minuto cero, y que el país anglosajón partía de una posición de total inferioridad de condiciones tanto a nivel económico como negociador: de hecho, por ello en varios momentos de las negociaciones los de Londres sólo han podido recurrir al clásico de las rabietas infantiles más impotentes: «pues dejo de respirar».

Y sí, puede que en Reino Unido vayan a dejar de respirar, pero no sólo como pueril chantaje hacia el mayor que saben cuasi-omnipotente a su lado, sino porque el rompecabezas del Brexit no tiene solución posible, y seguir mintiendo sólo posterga cortoplacistamente el momento de afrontar la verdad ante la sufrida opinión pública. Una opinión pública que ya en las últimas elecciones se vio forzada a elegir, no ya entre susto o muerte, sino entre muerte dolorosa o muerte traumática. Así que, si de muertes seguras va la cosa, vayamos llorando al muerto, que poca cosa más podemos hacer desde el transatlántico europeo, cuando ya les arriamos los botes salvavidas, y los despreciaron para seguir flotando en el mar haciendo el muerto… En medio de las marejadas socioeconómicas, esta práctica posición natatoria no sirve de mucho cuando el plazo temporal es ad-infinitum, y al final acaba sobreviniendo igual el cansancio, los calambres, la rigidez muscular, la ligera inmersión que permite respirar a duras penas, y finalmente el hundimiento.

Para mayor incoherencia, todo este lamentable proceso sigue teniendo lugar inexplicablemente con los botes salvavidas europeos todavía flotando al lado, mientras el ahogado sigue leyendo encanado pasquines de propaganda mojados mientras se precipita inerte hacia la fosa abisal. Muy inteligente todo. Pero muy muy muy inteligente todo. Eso sí, plenamente «democrático»… con la única tarea pendiente de definir de qué es verdaderamente democracia en la era de la propaganda y la guerra ciber-social. ¿La mentira? ¿La verdad? ¿La autodestrucción inconsciente? ¿El dejarse arrastrar por las injerencias y los intereses extranjeros? ¿La exaltación de la visceralidad y las pasiones internas? ¿La libertad de decidir lo que otros decidan por mí? ¿Las mayorías criadas en los manipulables semilleros de las polémicas redes sociales? ¿Qué narices es la democracia de hoy en día? La pregunta no tiene intenciones destructivas en absoluto, sino totalmente creativas: tan creativas como las de los clásicos griegos que inventaron esa democracia hace siglos, y que estoy seguro de que ahora no dudarían en replantearse el concepto con su consabida sabiduría.

Personalmente, puedo decirles que sé que una verdadera democracia es aquella en la que sus votos son mayoritariamente de calidad, lo cual depende «sí y sólo sí» de una ciudadanía ilustrada y que disfruta de un cierto bienestar alejado de las necesidades más básicas de Maslow, por las cuales si no serían tóxicamente capaces de renunciar incluso a su libertad; por otro lado, el problema es que, si éstas están ya cubiertas desde hace algunas generaciones, muchos ciudadanos tienden a olvidar lo que son las carestías más básicas, y acaban por no valorar el bienestar y el sistema democrático del que disfrutan ahora. Y también sé que una democracia de calidad es totalmente incompatible con la propaganda como arma de conquista y de destrucción masiva. Con ello, debemos esforzarnos por tener democracias de verdad, y no tenderetes «a la venezolana» o similares, con toda la destrucción socioeconómica que está ya a la vista de todos, y que es camuflada siempre entre viles mentiras. Así que, desde mi humilde opinión, el concepto de democracia post-cibersocial debe ser una en la que se salvaguarde un espacio informativo libre, seguro, y con garantías para sus ciudadanos, llegando a blindarles adecuadamente si fuese necesario ante injerencias masivas y externas que traten de manipularles con falsedades. Además, internacionalmente daría a las agresiones propagandísticas el rango de agresión, y sometería a los agresores a sanciones económicas.

La propaganda ya prevé todo esto, y por eso sus esfuerzos ahora se centran en conseguir infiltrarse dentro de nuestros propios sistemas, y contar con ciudadanos locales colaboracionistas que difundan desde dentro sus tóxicas prebendas. Y ya hay también corpúsculos político-sociales que han conseguido aprender la ciencia de la propaganda de los maestros, y que ya son plenamente autónomos a la hora de diseminar su extremismo. Vivimos tiempos convulsos, en los que nada es lo que era, y en los que el futuro y nuestros cimientos más fundacionales están por (re)escribir. Una vez más, en un mundo siempre cambiante, hay que reinventarse o morir, porque para inventar a secas ya está la propaganda. Y si no reinventamos nosotros, otros vendrán a inventarse lo nuestro y llevársela blanca. Así ha sido el juego de las superpotencias desde que la Historia es Historia: siempre están intentando conquistarte para vivir a tu costa, y en este caso están logrando amenazadores avances reales. El Brexit y sus continuas mentiras propagandísticas son buena muestra de ello.

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