La gerontocracia y cómo los pensionistas regirán el futuro del país

Chismorrea con tus amigos

En democracia, el poder debe (o debería) residir en el pueblo como votantes que son. Pero en la práctica, la democracia viene inherentemente vinculada al concepto más griego de esta forma de gobierno, que en el fondo esconde una gran variabilidad en la distribución de poder democrático dentro de la sociedad.

Con la evolución de la pirámide poblacional, nuestros mayores van a ser el colectivo socioeconómica y democráticamente predominante.

Es por ello por lo que, dada su capacidad de voto, en un futuro no muy lejano van a tener en su mano regir los designios del país, y no duden de que, lamentablemente y como casi todo colectivo hoy en día, lo harán pensando más en su propio interés, y menos en el del conjunto de la socioeconomía. Otra cosa es que la ecuación que muy probablemente vayan a querer introducir en nuestras cifras macroeconómicas sea muy difícil de cuadrar (o incluso imposible). Bienvenidos a la gerontocracia que llega.

La democracia es la forma de gobierno “menos peor” entre las conocidas

Bajo este título, no vamos a abrir ningún debate político-ideológico. Me van a permitir la licencia de asumir que el transcurso de la Historia conlleva asumir la frase del título como axioma. Tampoco vamos a extender la validez de este axioma indefinidamente hacia el futuro, especialmente en un entorno de guerra cibersocial, donde son los propios ciudadanos los que son utilizados como arma social de autodestrucción, y donde se está demostrando que la democracia es muy vulnerable por su propia naturaleza.

Además, ese “entre las conocidas” hace una clara alusión a que no se puede descartar que haya otras formas de gobierno futuras más adecuadas para las condiciones socioeconómicas del momento. Pero ateniéndonos al presente, uno de los problemas clásicos de la democracia es que corre el riesgo cierto de degenerar en una simple dictadura de la mayoría, como ya les analicé hace años en el artículo “La dictadura de la mayoría o El democrático exterminio de las notas discordantes”. Es la misma idea que ahora ciertos sectores han puesto en el candelero a raíz de la situación política del Brexit o de la cuestión catalana, llegando a denominar la ecuación democrática como la “Dictadura del 50+1”.

Las cuestiones que subyacen no son baladí, y es casi una dimensión filosófica digna de los griegos más clásicos el plantearse si es democrático que una mera mayoría social pueda imponer su criterio o sus leyes a la totalidad de la sociedad, y tratar de dilucidar dónde están los límites legislativos de esa mayoría. Desde luego, una cosa es decidir ciertas cosas por mayoría, y otra muy distinta creerse que la mayoría otorga el derecho inalienable a pasar el rodillo democrático por toda la socioeconomía, incluso en asuntos que deberían quedar catalogados como sanos ejercicios de una libertad individual que también ha caracterizado siempre a las sociedades occidentales (hasta hoy). La ecuación individualismo-colectividad es un delicado equilibrio que conviene preservar para aprovechar lo mejor de ambos mundos.

Con el envejecimiento poblacional, llega hasta sus urnas la gerontocracia

No es un tema nuevo en estas líneas el envejecimiento poblacional que aqueja a nuestras socioeconomías, ni la pirámide de población invertida que presenta nuestra sociedad. Al contrario, el contexto socioeconómico del decrecimiento de la población fue uno de los primeros temas que abordamos con ustedes, y nos planteamos ya en su momento si incluso fuera viable económicamente.

Pero más allá de la mera viabilidad (o más bien inviabilidad) económica de una sociedad con muchos mayores y pocos jóvenes, también habría que plantearse la derivada socioeconómica en un plano más general. No se puede dejar de tener en cuenta a los mayores como el grupo de poder votante que va a dominar la socioeconomía, porque además este grupo de mayores tiene unas peculiaridades psicológicas y socioeconómicas muy particulares, que pueden tener en el futuro una gran influencia sobre la deriva de nuestros sistemas.

Una sociedad envejecida no es viable socioeconómicamente hoy por hoy

Empezaremos por ponerles un poco en contexto respecto a esa insostenibilidad económica de una sociedad con pirámide poblacional invertida. A pesar de que desde hace años ya venimos pronosticando estos gravísimos problemas desde estas líneas, lo cierto es que el paso de los lustros ha hecho que las cifras macroeconómicas empiecen a darnos la razón (sin ser ése nuestro objetivo realmente): tan sólo buscamos que se dé una solución al problema, antes de que la solución sea todavía peor.

Lo cierto es que, comúnmente, en una socioeconomía envejecida se asume como natural que los sistemas de pensiones de reparto sean inviables(en cada momento los cotizantes jóvenes mantienen las pensiones de los mayores), puesto que sin jóvenes no hay ingresos, y sin ingresos no hay pensiones. Pero algo que normalmente se pasa por alto es que un entorno de decrecimiento poblacional también puede ser letal para un sistema de pensiones que no sea de reparto, como de hecho puede ser para los sistemas de cotización (cada trabajador se cotiza año a año su pensión futura, que el sistema irá ahorrando para entregarle en el momento de su jubilación).

Efectivamente, esos “ahorros” del sistema para la pensión futura de sus trabajadores en activo, deben invertirse en algo, y para que esa inversión no sea ruinosa, debe haber una cierta inflación de activos, para lo que, o bien debe haber más inversores cada año que pasa, o bien los inversores que haya tienen que tener más recursos económicos. En la práctica, ninguna de las dos cosas está ocurriendo en nuestros sistemas hoy en día: hay menos jóvenes, y además éstos tienen salarios inferiores a los que tenían las generaciones anteriores a su edad.

Como demostración de que un sistema de cotización también puede verse en serios aprietos económicos, y habiendo confluido en este caso una serie de factores adicionales que han desencadenado la tormenta perfecta para los que afirmaban que este tipo de sistemas de pensiones eran la panacea, ya les analizamos cómo «En EEUU también tienen un problema serio con las pensiones, y no por el sistema de reparto».

No obstante, como podrán leer, la principal fuente última de casi todos los problemas de EEUU y sus pensiones también pasa por lo que les comentábamos antes, y es que tienen menos jóvenes que se incorporan al mercado, y además lo hacen con peores salarios: una doble pinza que no soporta ningún sistema actual. Tampoco parece que los sistemas íntegramente estatalistas hayan dado con la receta mágica, puesto que China tiene también sus propios problemas demográficos con su funesta pirámide 4-2-1, que inevitablemente también ponen en cuestión su modelo socioeconómico en las plazos más largos.

A buen seguro que algunos lectores enarbolarán que entonces hay que rediseñar el sistema para hacerlo sostenible, y así dar cabida a una alta proporción de mayores. Siento no poder ser más optimista, pero en este punto debemos atenernos a las premisas más básicas. Primeramente, hay que asumir que las alternativas de poner a funcionar la impresora “infinita” de billetes históricamente siempre ha sido una solución nefasta. Por otro lado, “violar” el sistema de cotizaciones actual, y pasar a sufragar las pensiones con impuestos de nuevo cuño, es un cartucho con muy poca potencia, y menor recorrido: la magnitud del problema hace que esta opción sea tan sólo una alternativa tremendamente cortoplacista, que ni de lejos solucionaría el problema de fondo en el medio y largo plazo.

Hay algunas soluciones y están sobre la mesa; otra cosa es que los políticos no las estén valorando

Si bien éste es probablemente el reto más grande y potencialmente peligroso al que se enfrentan nuestras socioeconomías en los plazos más largos (que cada día que pasa son más cortos), lo cierto es que, lamentablemente, debemos decir que nuestros políticos no están a la altura. Con un horizonte temporal que no pasa casi nunca de los cuatro años (ocho a lo sumo), pocos son los que están demostrando suficiente visión de futuro para coger este toro por los cuernos. Mayormente, lo que están haciendo nuestros políticos es, como reza el dicho anglosajón: darle patadas a la lata calle abajo. Con el inevitable destino de que, lo único que es seguro, es que un poco más adelante volveremos a encontrarnos esta misma lata, pero cada vez más peligrosamente oxidada.

Las premisas más básicas para encontrar la mejor solución a este problema, al menos desde un prisma capitalista, son que una socioeconomía debe producir para ser viable económicamente (con permiso del debate que ya hemos mantenido en ocasiones anteriores sobre la ineficacia del crecimiento del PIB como indicador rey). Si la socioeconomía tiene que producir, entonces debe haber fuerza laboral que produzca, y que pague impuestos y/o cotizaciones. Lo primero que puede venirnos a la mente es que, como ya plantean nuestros políticos, se alargue la edad de jubilación. Si bien este escenario es planteable hasta cierto grado, especialmente en un entorno de alargamiento de la esperanza de vida con mejores facultades que hace unas décadas, lo cierto es que tiene un claro límite precisamente en que esas facultades no se mantienen de forma indefinida.

La caja de Pandora que se abre con esa opción es ni más ni menos que se asuma como viable que se pueda llevar a ese modelo al extremo, lo que en otros países ha demostrado ser socioeconómicamente poco sostenible, además de incluso rozar lo poco ético. De hecho, el panorama laboral en EEUU para muchos jubilados es desolador, con un significativo porcentaje de mayores con ya pocas capacidades y energías, pero que se ven forzados a trabajar por unos salarios muy bajos: de hecho, en cuanto se pasa la edad de jubilación, automáticamente la retribución en el mercado desciende un 25% literalmente de un día para otro.

Llegados a este punto de no retorno, en el cual alargar la edad de jubilación es de nuevo sólo solución hasta cierto grado y sin mucha continuidad, claro, aquí estarán ustedes pensando de nuevo que la única solución es la… ¡Natalidad!. No necesariamente, porque desde estas líneas fuimos los primeros en proponer como una solución a valorar que la fuerza laboral que ya son a día de hoy los robots pague cotizaciones sociales.

En esa ecuación de premisas básicas socioeconómicas, parece encajar muy bien el hecho de que pueda haber cotizantes sintéticos que no tienen por qué ser “seres vivos” (perdonen por ser desconsiderado con la Inteligencia Artificial: dejémoslo en que no son “seres humanos”). Y hasta ahí efectivamente los números pueden llegar a cuadrar, al menos en la concepción actual que tenemos de la socioeconomía. Pero ello no resta ni un ápice de protagonismo al asunto central del análisis de hoy: ese poder democrático mayoritario de nuestros mayores.

Los mayores, una clase socioeconómica con características muy especiales y que nos va a marcar el compás

Vaya por delante que el rango de edad de nuestros mayores es bastante amplio. Por lo tanto, son un colectivo bastante heterogéneo, y con el cual sería muy injusto generalizar categóricamente. No obstante, sí que es cierto que hay ciertas caracteristicas que, si bien no son aplicables absolutamente a todos los jubilados (y menos a los más jovenes), sí que es cierto que tienden a predominar entre estas edades.

El hecho es que nuestros mayores son un colectivo muy especial, y por lo general con un perfil psicológico muy determinado, además de decisorio para cómo afrontemos el reto que analizamos hoy. En primer lugar, por mucho que estemos en un sistema de reparto, hay que ponerse en su lugar, y ver que llevan décadas trabajando y esforzándose por llegar en buenas condiciones a disfrutar del “Dorado” de su jubilación. Efectivamente, no conciben que ese reparto no dé para repartir, sino que consideran su pensión como un derecho adquirido. Y lo es desde el punto de vista de la justicia del sistema, otra cosa es que esa justicia sea viable económicamente de forma sostenida en el tiempo.

Por otro lado, aunque nuestros mayores “más jóvenes” muchas veces estén en plenas facultades (y no siendo siempre así), lo cierto es que a esas edades las personas ya asumen que empiezan física y mentalmente un camino cuesta abajo, en el que poco a poco irán perdiendo sus capacidades con el paso de los lustros. Es por ello por lo que se trata de un colectivo que se siente muy dependiente del sistema, pero dependiente en el sentido más literal de la palabra: no es que no valoren la posibilidad de trabajar (que no se la deseo a nadie con 80 años), es que la solución no les vale a futuro, puesto que son plenamente conscientes de que su pendiente es hacia abajo. El tema de las pensiones para los mayores se vuelve LA cuestión más crucial, además de que les toca (y mucho) su sensación de seguridad y confianza en el futuro.

Finalmente, bastantes de nuestros mayores se vuelven muy cortoplacistas. Muchas veces, su horizonte temporal llega en el mejor de los casos hasta cuando cobren el importe de la próxima pensión, y es muy común que incluso su límite temporal sea dentro del mismo día. No sé si será por genética o por qué, pero es bastante habitual que nuestros mayores sólo se preocupen por comprar comida en el día y para el mismo día, en lo que parece un perfil psicológico acuñado a base de saber que su largo plazo, lo que se dice largo largo, resulta ser mucho más corto que el largo plazo de los más jóvenes: nuestros mayores rara vez hacen planes a años vista; es más, es una frase muy común por su parte aquello de “para lo que me queda”.

Y ese cortoplacismo y esa sensación de dependencia, ambos sumados al hecho de que nuestros mayores van a acabar siendo la clase social predominante, corren el riesgo de llevar inevitablemente a alargar en el tiempo lo insostenible, al menos mucho más allá de lo que se puede mantener el chiringuito en pie sin que amenace seriamente con venirse abajo. No estoy justificando el ningún caso lo que estoy contándoles, me limito a describirles simplemente lo que muy probablemente acabará pasando.

Pero la gerontocracia puede acabar siendo un necesario motor de cambio y hacer de revulsivo

Pasaremos de puntillas sobre el espinoso y defensivo tema del futuro de una sociedad envejecida en un contexto a nivel global, con países en nuestro entorno con poblaciones mucho más jóvenes (y más pasionalmente belicosas), que pueden acabar mirando con ojos hambrientos y ambicionando hacerse con el control de un mundo desarrollado «mayormente» indefenso (nunca mejor dicho), pero (se supone) rebosante de sobrados recursos económicos.

Al igual que ocurriera con el Brexit y otras barbaridades socioeconómicas cometidas a base de darse democráticos «urnazos», con la gerontocracia, nos enfrentaremos una vez más a los que cometen el error de considerar que una política, por el mero hecho de venir refrendada por una mayoría, ya es factible per sé. Nada más lejos de la realidad, y a los Brexits y el caos político que ya han traído me remito: hay suicidios socioeconómicos, y luego están los suicidios socioeconómicos de los que eligen una muerte lenta y dolorosa.

Mucho me temo que el tema de la insostenibilidad de las pensiones es de los segundos en tediosa letanía, a no ser que nos pongamos a tener hijos como si no hubiera un mañana. El tiempo corre inexorablemente y se está agotando, y a los que están en edad de traer esos hijos y sacarnos del atolladero, los Millenials, sólo les entran ganas de echarse a correr cuando ven su saldoa fin de mes.

O eso, o ponemos la nota de optimismo más robótico. Puede que nuestros mayores, ante su particular visión de que haya que buscar sí o sí una salida cuando ellos se vean seguro sin salida, puedan romper con visión de futuro su connatural cortoplacismo, y se conviertan en el catalizador que vote por una solución verdaderamente de futuro que, si bien en su caso es más corto, no pueden permitirse que se confíe a una vana esperanza laboral del “ya encontraré algo”, que para ellos ya no existe (al menos en buena forma física y mental, y con un salario digno).

Paradójicamente, tal vez la gerontocracia pueda precipitar el advenimiento de la sociedad robótica en toda su plenitud: no sólo teniendo robots funcionando en fábricas como hasta ahora, sino integrando la robótica hasta la última hebra de nuestro tejido socioeconómico. Curiosamente, el ocaso de la vida humana en su aspecto más personal, puede alumbrar el origen de la vida robótica en su aspecto más socioeconómico. “¿Sueñan los androides con jubilados eléctricos?”. Si no lo hacen, deberían hacerlo, al igual que el resto de todos nosotros: puede que los más jóvenes seamos el futuro de la sociedad, pero nuestro futuro estará en breve en manos de nuestros mayores

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